miércoles, 26 de octubre de 2011
El día que la Esperanza conoció al Pau
La Esperanza estuvo recordando el día en que por primera vez, había visto al Pau. Ese día, era el Domingo de Ramos de 2007, y se estaba celebrando una Trovada Castellera en la Plaça Major. La Esperanza tomó muchas fotografías de las torres humanas llamadas “Castellers (Castillos)” y del “Ball de Gegants i Capgrossos (Baile de Gigantes y Cabezones)”. Del Ball de Gegants, tenía una fotografía muy chévere en la que aparecía muy feliz y sonriente, abrazada al “Nen Capgros”. A la Esperanza, le encantaba esta fotografía porque este abrazo era como un símbolo de amor y de fraternidad entre ella y el país que la estaba recibiendo, además, también le traía recuerdos de los Carnavales de Oruro, porque las grandes cabezas de los Capgrossos, le recordaban las máscaras de Los Diablos. Por estos motivos era una de sus preferidas, y fue una de las seleccionadas para ser enviada junto a los regalos para sus familiares a Bolivia, en la Navidad de aquel año. Está por demás decir, que las otras fotografías preferidas para la Esperanza, de ese domingo 01 de abril de 2007, eran donde aparecía el Pau, junto a sus sobrinos, disfrutando de la Trovada Castellera, ese inolvidable “Migdia” dominguero catalán.
miércoles, 12 de octubre de 2011
1994
Como aquellos días de 1994, cuando me iba sola en autobús, a contemplar el mar Caribe del puerto de La Guaira. En esos días, Sumo y resto del Último de la Fila era mi hojilla corta venas, hasta que un día no pude más y le arranqué toda la cinta magnetofónica al cassette.
1994, fue un año existencialista como muchos lo han sido en mi vida. Masturbaba tanto mi alma con la música del Quimi y del Manolo, que no resulta tan inverosímil que once años después, esta caraqueña terminara viviendo en la capital osonenca, “menjant mongetes amb botifarra”.
1994, fue un año existencialista como muchos lo han sido en mi vida. Masturbaba tanto mi alma con la música del Quimi y del Manolo, que no resulta tan inverosímil que once años después, esta caraqueña terminara viviendo en la capital osonenca, “menjant mongetes amb botifarra”.
lunes, 5 de septiembre de 2011
Fragmentos de la Esperanza (El Pau)
Gracias a Dios, y al útero de la Montse Rius i D’Abadal, que el Pau había llegado a este mundo. El Pau se sentía muy orgulloso de su madre porque era Doctora en Filología Catalana por la Universitat Autònoma de Barcelona. La Montse era una reconocida activista de los derechos de les dones (de las mujeres). Además, era amante de las artes, el cine de autor, el teatro, la música y de viajar alrededor del mundo. Ese año 2007, la Montse estaba escribiendo un libro sobre las mujeres catalanas y la Iglesia Católica. Ya había finalizado el primer capítulo, que se titulaba “La dona en els mites del món antic i judeocristià. Mites. Món jueu, babilònic, egipci, grec”, y se encontraba redactando el segundo capítulo, sobre la persecución de la Santa Inquisición de la Iglesia Católica a las mujeres en Catalunya. La Montse también daba clases en el Máster d’Estudis de Dones, Génere i Ciutadania, un máster interuniversitario, impartido por las universidades más prestigiosas de Catalunya.
La Montse conocía de vista a la Esperanza porque ésta trabajaba limpiando en la casa de su hijo mayor, el Josep, y cuidaba de sus nietos, el Adrià y el Oriol. A la Montse, le perturbaba un poco la presencia de la Esperanza, porque esta le confirmaba que la liberación femenina y lucha por los derechos de las mujeres se iba al traste, que la libertad que habían ganado las mujeres al dejar las labores de casa para irse a trabajar y desarrollar su vida, descansaba sobre las espaldas, de otras mujeres que se habían visto obligadas a trabajar en las tareas y oficios del hogar, para poder sobrevivir. Es decir, que en el siglo XXI, no sólo estábamos viviendo la explotación del hombre por el hombre y del hombre sobre la mujer, sino que incluso, de la mujer sobre la mujer. La Esperanza pensaba que la Montse, era como esas señoras catalanas que miraban mal a La Venezolana, por eso nunca se atrevió con ésta, a ir más allá del “-Hola-“ y del “-Adéu-“. Con el hijo de la Montse, el Pau, a la Esperanza le ocurrió algo parecido.
El Pau (nombre masculino que en castellano es Pablo y significa paz en catalán), no podía llamarse de otra forma porque era un ser amante de la justicia social, defensor a ultranza de la libertad y del respeto por los seres humanos y los seres vivos. El Pau, es un joven estudiante de sociología, de veinte años de edad, muy comprometido con sus ideas políticas, por eso forma parte de la juventud del partido de izquierda e independentista de su comarca. El Pau, como ecologista, defensor de los animales y de los derechos humanos, pertenece a varias asociaciones civiles que luchan por estas causas. El Pau, en una ocasión había estado en la tierra de su presidente y líder político más admirado: Evo Morales. Para el Pau, ningún otro encarnaba el sueño independentista y liberador de Latinoamérica y del mundo, como Evo Morales. Evo, significaba el retorno a la Pachamama, a la restauración del dominio de la Madre Tierra, del equilibrio natural del ser humano como ser vivo unido a la madre naturaleza. Donde todos éramos uno, y uno, éramos todos, donde cada ser humano se sentía libre y comprometido a la vez. Evo, era sabiduría pura y ancestral, en palabra, hechos y estampa. Su rostro, su voz pausada, se conjugaban en una simetría casi sagrada, que le daba a su imagen un toque de divinidad, que hasta al más ateo y agnóstico de los catalanes, conmovía. Cuando la familia Tarradellas i Rius, decidieron pasar sus vacaciones de verano de 1999 en Bolivia, Evo Morales ya lideraba la lucha y protestas en reclamo por la recuperación plena por parte del Estado Boliviano del gas y otros recursos naturales, dados en concesión a empresas privadas, durante el gobierno de Gonzalo Sánchez de Lozada.
El Pau, ya había estado en Cuba y Venezuela ("Foro Social Mundial: Otro Mundo es Posible", Caracas, 2006), este año, 2007, el Pau, pretendía repetir aquella travesía por la zona tórrida. “Amb la colla del partit”, el Pau, preparaba un tour al continente bolivariano, que incluiría a países como Ecuador, Argentina y por supuesto Bolivia, también si el presupuesto así lo permitía, antes de cruzar el charco de nuevo, se darían su escapadita por el malecón de La Habana, donde el Pau, había estado y paseado de la mano de su primera novia, la Nùria. Por eso el olor a tierra mojada que dejaban las pequeñas tormentas de verano, siempre traían a la mente del Pau, el recuerdo de aquella primera vez con la Nùria en el Caribe. Desde entonces la conexión que sentía el Pau con el “Continente Prodigioso”, era también algo orgánico, que tenía que ver con la piel y lo instintivo, más allá del interés político, social e intelectual, que Latinoamérica despertara en él.
La Montse conocía de vista a la Esperanza porque ésta trabajaba limpiando en la casa de su hijo mayor, el Josep, y cuidaba de sus nietos, el Adrià y el Oriol. A la Montse, le perturbaba un poco la presencia de la Esperanza, porque esta le confirmaba que la liberación femenina y lucha por los derechos de las mujeres se iba al traste, que la libertad que habían ganado las mujeres al dejar las labores de casa para irse a trabajar y desarrollar su vida, descansaba sobre las espaldas, de otras mujeres que se habían visto obligadas a trabajar en las tareas y oficios del hogar, para poder sobrevivir. Es decir, que en el siglo XXI, no sólo estábamos viviendo la explotación del hombre por el hombre y del hombre sobre la mujer, sino que incluso, de la mujer sobre la mujer. La Esperanza pensaba que la Montse, era como esas señoras catalanas que miraban mal a La Venezolana, por eso nunca se atrevió con ésta, a ir más allá del “-Hola-“ y del “-Adéu-“. Con el hijo de la Montse, el Pau, a la Esperanza le ocurrió algo parecido.
El Pau (nombre masculino que en castellano es Pablo y significa paz en catalán), no podía llamarse de otra forma porque era un ser amante de la justicia social, defensor a ultranza de la libertad y del respeto por los seres humanos y los seres vivos. El Pau, es un joven estudiante de sociología, de veinte años de edad, muy comprometido con sus ideas políticas, por eso forma parte de la juventud del partido de izquierda e independentista de su comarca. El Pau, como ecologista, defensor de los animales y de los derechos humanos, pertenece a varias asociaciones civiles que luchan por estas causas. El Pau, en una ocasión había estado en la tierra de su presidente y líder político más admirado: Evo Morales. Para el Pau, ningún otro encarnaba el sueño independentista y liberador de Latinoamérica y del mundo, como Evo Morales. Evo, significaba el retorno a la Pachamama, a la restauración del dominio de la Madre Tierra, del equilibrio natural del ser humano como ser vivo unido a la madre naturaleza. Donde todos éramos uno, y uno, éramos todos, donde cada ser humano se sentía libre y comprometido a la vez. Evo, era sabiduría pura y ancestral, en palabra, hechos y estampa. Su rostro, su voz pausada, se conjugaban en una simetría casi sagrada, que le daba a su imagen un toque de divinidad, que hasta al más ateo y agnóstico de los catalanes, conmovía. Cuando la familia Tarradellas i Rius, decidieron pasar sus vacaciones de verano de 1999 en Bolivia, Evo Morales ya lideraba la lucha y protestas en reclamo por la recuperación plena por parte del Estado Boliviano del gas y otros recursos naturales, dados en concesión a empresas privadas, durante el gobierno de Gonzalo Sánchez de Lozada.
El Pau, ya había estado en Cuba y Venezuela ("Foro Social Mundial: Otro Mundo es Posible", Caracas, 2006), este año, 2007, el Pau, pretendía repetir aquella travesía por la zona tórrida. “Amb la colla del partit”, el Pau, preparaba un tour al continente bolivariano, que incluiría a países como Ecuador, Argentina y por supuesto Bolivia, también si el presupuesto así lo permitía, antes de cruzar el charco de nuevo, se darían su escapadita por el malecón de La Habana, donde el Pau, había estado y paseado de la mano de su primera novia, la Nùria. Por eso el olor a tierra mojada que dejaban las pequeñas tormentas de verano, siempre traían a la mente del Pau, el recuerdo de aquella primera vez con la Nùria en el Caribe. Desde entonces la conexión que sentía el Pau con el “Continente Prodigioso”, era también algo orgánico, que tenía que ver con la piel y lo instintivo, más allá del interés político, social e intelectual, que Latinoamérica despertara en él.
jueves, 18 de agosto de 2011
Fragmentos de la Esperanza
La Esperanza no era una chica que pudiéramos denominar con el adjetivo de "sexy", pero era una chica linda y simpática sobre todo cuando se reía y llevaba su cabellera negra suelta y recién lavada. Tampoco usaba maquillaje, apenas un poco de brillo en sus labios gruesos y carnosos, cuando salía de rumba con sus amigas "Las bolivarianas", autobautizadas así, porque cada una era de un país liberado por el Libertador, Simón Bolívar. La Esperanza (Bolivia), su amiga Leticia (Ecuador), la Karen (Perú), "La Venezolana" y "La Colombiana". La idea de autonombrarse así, había surgido de La Venezolana, que se decía "chavista", a pesar de no dar pruebas de ello.
Para las reuniones sólo entre féminas con sus amigas Las bolivarianas, que se celebraban en el bar colombiano "Sóc Llatinoamericà", cada dos o tres meses aproximadamente (dos encuentros por cada estación del año), la Esperanza, aprovechaba la ocasión para lucir su prenda de vestir favorita. Nos referimos a sus jeans o "pantalons texans" ajustados de color negro, que realzaban y estilizaban su tipo y figura, más bien normal.
En esos momentos en que la Esperanza compartía con sus amigas el centro de la pista de baile del "Sóc Llatinoamericà", y mientras bailaban todas juntas y hacían parejas entre ellas al ritmo de una salsa interpretada por el gran sonero mayor Ismael Rivera o cualquier merengue de Juan Luis Guerra, la Esperanza crecía, se transformaba. Esa chica tímida y apocada, casi invisible e insignificante para los demás, que se pasaba todo el día trabajando en casa de los catalanes (ya sea limpiándole las tazas de wáter de sus baños o dándole de comer a sus hijos), en esos fines de semana de fiesta y rumba latinoamericana, dejaba de existir por unos días o por unas horas, para darle paso a la otra Esperanza, a la Esperanza viva y visceral que sentía el pulso de su sangre, cada latido de su corazón y cada inhalación y exhalación de su respiración. La Esperanza se transformaba entonces, en sentimiento y pasión pura, era como si el alma de sus ancestros la poseyeran en esos instantes, y cobrara vida la reina india que llevaba por dentro, con toda su fuerza y majestuosidad. La Esperanza sentía en aquel momento todo el poder y la energía de la india luchadora, la india guerrera, era toda una "amazona", como las indias aymaras o taínas, como Anacaona. Es más, la Esperanza era la mismísima diosa María Lionza, en cuerpo y alma presentes. Su torso y sus pezones se erguían y lucían tan erectos y desafiantes como los de la famosa escultura de la diosa india que está en Caracas. Lástima, que justo en aquel momento no entrara al "Sóc Llatinoamericà", ningún "Hércules" o "Gran Cacique Guaicaipuro".
sábado, 13 de agosto de 2011
Gracias doy por mis manos…
Gracias doy por estas manos que acariciaron tu pelo, mientras yo era feliz sentada sobre tu regazo. Gracias a ellas que siendo yo niña pudieron percibir tu barba rugosa sin afeitar, cuando me cargabas sobre tus piernas, y hoy esas mismas piernas ya casi vencidas por los años, se apoyan para caminar en mis frágiles pero fuertes brazos. Estos mismos brazos tan delgados que sin embargo me sirvieron para sentir junto a mi pecho el corazón de mis amadas niñas y amados niños, que hoy ya me han crecido y se han hecho unas mujeres y hombres de los cuales me siento muy orgullosa, como se siente su abuelo Julio y debe sentirse su abuela Pilar, desde el cielo.
Sí, muy orgullosa y agradecida me siento con mis manos porque ellas han cuidado, alimentado, han guiado, han protegido, han dado consuelo, afecto, cariño, recreación, diversión, compañía, han estado allí, han jugado y sentido, también han sufrido la rabia y la impotencia, pero son unas manos agradecidas, por todo lo que les ha dado la vida, y por todo aquello que aún les queda por dar y recibir. Porque estas manos nunca se cansarán de dar y recibir amor, y es por eso que,
Gracias doy por mis manos.
lunes, 16 de mayo de 2011
En mi pecho

En mi pecho, corazón,
late libre, sin temor.
Déjame ser verso de amor,
la devoción de un amigo.
Mucho tiempo sombra fuí,
en mi mismo me perdí.
De tí aprendí a ser la mano que da
sin recibir,
generosa y leal.
¿Qué es la vida? absurdo trajín.
Dame alma, calor.
Ser tan limpios como la nieve que cae.
Todo tiene quien todo da.
Nada espero, nada sé,
nada tengo, sólo fe.
Y donde estemos, saber estar;
aunque sea ingenuo, no codiciar.
Nunca ceder ante la adversidad.
Quiero tener la alegría
del que está en paz.
Mis cadenas he de romper;
fuera penas, amargas como la hiel.
En mi pecho, Manolo García
jueves, 14 de abril de 2011
Festival
Había traído duraznos y me ofreció uno. Me dijo que los duraznos eran buenos para el embarazo y un escalofrío me sacudió la espalda. Por otra parte, su tesis iba bien. Dijo que sería hermoso que la acompañase el día de su defensa ante el jurado, en fin: esas cosas. Yo estaba un poco menos cauto, más suelto, menos posado. En respuesta a una pregunta mía (Scientific American de por medio) sobre superconductividad, calificó de bluff el descubrimiento. Cuestionó la factibilidad de mantener tan bajas temperaturas en aplicaciones civiles, fuera del laboratorio. Y a qué precio. Yo me sentía más libre y ella había notado el cambio. Tuvo el gesto afectuoso de posar su mano sobre la mía para decirme: “Hubo una vez un pueblo en Babilonia de nombre Sacaea, donde celebraban un evento que llamaban Festival. En él uno de los súbditos era elegido y vestido con el ropaje del soberano. Le permitían gozar de las concubinas del verdadero rey, y en cinco días era acuchillado”. (…) Entonces se levantó, tomó mis mejillas suavemente y me besó en los labios. A partir de entonces nos dejamos llevar por su imaginación desbordada, por aquel torrente de vuelo sin rumbo, y llegué a pensar en un momento determinado que una relación hombre-libélula o el tipo de insecto volador que pudiera ser Carla, no tenía por qué hacer desdichada mi vida mercantil.
Yo, que vendía seguros, estaba impresionado con la cultura de la joven y, debo confesar, con su imaginación. Un ser acostumbrado a mis rutinas no solía frecuentar ni hombres ni mujeres entendidos prácticamente en otra cosa que no fuera el advertir a la clientela el monto de un deducible o la generosidad o mezquindad de una cobertura. La muchacha me hacía preguntas y yo me disculpaba tanto de mi ignorancia como de lo baladí de mis respuestas. A ella perecía no importarle la unidimensionalidad de mi cerebro limitado, no obstante intenté caerle en gracia con dos o tres comentarios aprendidos, de doble interpretación, que a ella –sentí por la floja acogida- debieron parecerle los más infelices lugares comunes. (…) Estuve un rato callado, y quiero decir que avergonzado, escuchando lo que decía de un pueblo llamado Bunyoro, en África, donde en otros tiempos se ejercía la costumbre de elegir anualmente un soberano para que cohabitase con las viudas del monarca anterior. El infeliz reinaba por una semana y, al final de ésta, era estrangulado en su templo –tumba. La joven contaba cada curiosidad, hablaba de una u otra historia, y yo sentía que su mirada me traspasaba, que no era a mí a quien tenía al frente. A pesar de su reparo en no desmerecer mis respuestas y referencias insulsas, estaba seguro de que yo podía ser cualquiera. (…) Me consolé con la idea de que era un ser ingenuo y hermoso, brillante y alocado, alguien con probables carencias afectivas. Cometí la tontería de pensar que tal vez con el tiempo y arrastrándola al terreno del amor físico podría convencerla de que yo de alguna manera valía.
Oscar Marcano, Festival, en Cuartel de Invierno (1994), Caracas: Fundarte / Alcaldía de Caracas.
Yo, que vendía seguros, estaba impresionado con la cultura de la joven y, debo confesar, con su imaginación. Un ser acostumbrado a mis rutinas no solía frecuentar ni hombres ni mujeres entendidos prácticamente en otra cosa que no fuera el advertir a la clientela el monto de un deducible o la generosidad o mezquindad de una cobertura. La muchacha me hacía preguntas y yo me disculpaba tanto de mi ignorancia como de lo baladí de mis respuestas. A ella perecía no importarle la unidimensionalidad de mi cerebro limitado, no obstante intenté caerle en gracia con dos o tres comentarios aprendidos, de doble interpretación, que a ella –sentí por la floja acogida- debieron parecerle los más infelices lugares comunes. (…) Estuve un rato callado, y quiero decir que avergonzado, escuchando lo que decía de un pueblo llamado Bunyoro, en África, donde en otros tiempos se ejercía la costumbre de elegir anualmente un soberano para que cohabitase con las viudas del monarca anterior. El infeliz reinaba por una semana y, al final de ésta, era estrangulado en su templo –tumba. La joven contaba cada curiosidad, hablaba de una u otra historia, y yo sentía que su mirada me traspasaba, que no era a mí a quien tenía al frente. A pesar de su reparo en no desmerecer mis respuestas y referencias insulsas, estaba seguro de que yo podía ser cualquiera. (…) Me consolé con la idea de que era un ser ingenuo y hermoso, brillante y alocado, alguien con probables carencias afectivas. Cometí la tontería de pensar que tal vez con el tiempo y arrastrándola al terreno del amor físico podría convencerla de que yo de alguna manera valía.
Oscar Marcano, Festival, en Cuartel de Invierno (1994), Caracas: Fundarte / Alcaldía de Caracas.
lunes, 7 de marzo de 2011
El Dolor
El dolor se había apoderado tanto de mi ser, se había instalado de tal manera en el rincón más profundo de mi alma, que cuando un buen día decidí echarlo para afuera, alejarlo de una vez por todas de mí, SACARLO definitivamente de mi cuerpo, de mi mente y de mi espíritu...
Me dio cosita con él (con el dolor), sentí penita por él (por el dolor)... CÓNCHALE! Al fin y al cabo él había formado parte de mí durante tanto tiempo que se convirtió en mi mejor confidente y fiel compañero en años. Ahora verle de pronto allí, cabizbajo, de capa caída, con la mirada baja, ausente y perdida, sin poder reconocerme, sin poder aceptar que estaba derrotado, que esta vez había perdido y no podía irremediablemente hacer nada para cambiar las cosas, para que fueran como antes, para que yo volviera sumisa e ingenua a creer nuevamente en él (el dolor), a entregármele en cuerpo y alma, a permitirle que ocupara y se adueñara de todos los espacios y rincones de mi ser. Y es esto lo que pasa cuando sobreprotegemos y consentimos tanto a nuestro dolor, que se vuelve pedante y prepotente, jactancioso y altanero él. También es cierto que cuando el dolor se sabe llevar bien, es decir con cierta altura y dignidad puede ser considerado como un dolor noble, lo que lo hace orgulloso y en mi caso particular, egocéntrico. Mi dolor llegó a cobrar tal independencia y autonomía que muchas veces actuaba solo, por su cuenta, sin contar con mi permiso y consentimiento. Se volvió también un dolor seductor, a veces no sé si lo que atraía a las personas y les hacía querer disfrutar de mi compañía era yo misma o mi dolor.
Pero llego el día en que aquel dolor que fuera mi máximo escudo y fortaleza, se convirtió en un dolor inútil, ridículo, inocuo, falso, incapaz, se había muerto. El dolor se había solidificado y enquistado de tal forma dentro de mí, que ya no existía vivo sino como una pesada roca que no hacía otra cosa sino aplastarme y asfixiarme con su peso y volumen. Además, se resistía a ser compartido, con lo cual perdía toda oportunidad de ser redimido. Mi dolor se había convertido en un estorbo. Entonces, no tuve más remedio que EXPULSARLO de mí, y lo hice estallar como una bomba. Entonces el dolor salió por todos mis orificios, en forma de lágrimas, moco, saliva, diarrea, vómito, también a través de mis dedos que arrojaban objetos que se estallaban contra el piso y se hacían añicos. Pero la manera más efectiva que encontré para mantener a raya a mi dolor, y poder estar a salvo de él, fue gracias a las PALABRAS que salían de mi boca y de la tinta de mi bolígrafo.
Me dio cosita con él (con el dolor), sentí penita por él (por el dolor)... CÓNCHALE! Al fin y al cabo él había formado parte de mí durante tanto tiempo que se convirtió en mi mejor confidente y fiel compañero en años. Ahora verle de pronto allí, cabizbajo, de capa caída, con la mirada baja, ausente y perdida, sin poder reconocerme, sin poder aceptar que estaba derrotado, que esta vez había perdido y no podía irremediablemente hacer nada para cambiar las cosas, para que fueran como antes, para que yo volviera sumisa e ingenua a creer nuevamente en él (el dolor), a entregármele en cuerpo y alma, a permitirle que ocupara y se adueñara de todos los espacios y rincones de mi ser. Y es esto lo que pasa cuando sobreprotegemos y consentimos tanto a nuestro dolor, que se vuelve pedante y prepotente, jactancioso y altanero él. También es cierto que cuando el dolor se sabe llevar bien, es decir con cierta altura y dignidad puede ser considerado como un dolor noble, lo que lo hace orgulloso y en mi caso particular, egocéntrico. Mi dolor llegó a cobrar tal independencia y autonomía que muchas veces actuaba solo, por su cuenta, sin contar con mi permiso y consentimiento. Se volvió también un dolor seductor, a veces no sé si lo que atraía a las personas y les hacía querer disfrutar de mi compañía era yo misma o mi dolor.
Pero llego el día en que aquel dolor que fuera mi máximo escudo y fortaleza, se convirtió en un dolor inútil, ridículo, inocuo, falso, incapaz, se había muerto. El dolor se había solidificado y enquistado de tal forma dentro de mí, que ya no existía vivo sino como una pesada roca que no hacía otra cosa sino aplastarme y asfixiarme con su peso y volumen. Además, se resistía a ser compartido, con lo cual perdía toda oportunidad de ser redimido. Mi dolor se había convertido en un estorbo. Entonces, no tuve más remedio que EXPULSARLO de mí, y lo hice estallar como una bomba. Entonces el dolor salió por todos mis orificios, en forma de lágrimas, moco, saliva, diarrea, vómito, también a través de mis dedos que arrojaban objetos que se estallaban contra el piso y se hacían añicos. Pero la manera más efectiva que encontré para mantener a raya a mi dolor, y poder estar a salvo de él, fue gracias a las PALABRAS que salían de mi boca y de la tinta de mi bolígrafo.
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