Como aquellos días de 1994, cuando me iba sola en autobús, a contemplar el mar Caribe del puerto de La Guaira. En esos días, Sumo y resto del Último de la Fila era mi hojilla corta venas, hasta que un día no pude más y le arranqué toda la cinta magnetofónica al cassette.
1994, fue un año existencialista como muchos lo han sido en mi vida. Masturbaba tanto mi alma con la música del Quimi y del Manolo, que no resulta tan inverosímil que once años después, esta caraqueña terminara viviendo en la capital osonenca, “menjant mongetes amb botifarra”.
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