Había traído duraznos y me ofreció uno. Me dijo que los duraznos eran buenos para el embarazo y un escalofrío me sacudió la espalda. Por otra parte, su tesis iba bien. Dijo que sería hermoso que la acompañase el día de su defensa ante el jurado, en fin: esas cosas. Yo estaba un poco menos cauto, más suelto, menos posado. En respuesta a una pregunta mía (Scientific American de por medio) sobre superconductividad, calificó de bluff el descubrimiento. Cuestionó la factibilidad de mantener tan bajas temperaturas en aplicaciones civiles, fuera del laboratorio. Y a qué precio. Yo me sentía más libre y ella había notado el cambio. Tuvo el gesto afectuoso de posar su mano sobre la mía para decirme: “Hubo una vez un pueblo en Babilonia de nombre Sacaea, donde celebraban un evento que llamaban Festival. En él uno de los súbditos era elegido y vestido con el ropaje del soberano. Le permitían gozar de las concubinas del verdadero rey, y en cinco días era acuchillado”. (…) Entonces se levantó, tomó mis mejillas suavemente y me besó en los labios. A partir de entonces nos dejamos llevar por su imaginación desbordada, por aquel torrente de vuelo sin rumbo, y llegué a pensar en un momento determinado que una relación hombre-libélula o el tipo de insecto volador que pudiera ser Carla, no tenía por qué hacer desdichada mi vida mercantil.
Yo, que vendía seguros, estaba impresionado con la cultura de la joven y, debo confesar, con su imaginación. Un ser acostumbrado a mis rutinas no solía frecuentar ni hombres ni mujeres entendidos prácticamente en otra cosa que no fuera el advertir a la clientela el monto de un deducible o la generosidad o mezquindad de una cobertura. La muchacha me hacía preguntas y yo me disculpaba tanto de mi ignorancia como de lo baladí de mis respuestas. A ella perecía no importarle la unidimensionalidad de mi cerebro limitado, no obstante intenté caerle en gracia con dos o tres comentarios aprendidos, de doble interpretación, que a ella –sentí por la floja acogida- debieron parecerle los más infelices lugares comunes. (…) Estuve un rato callado, y quiero decir que avergonzado, escuchando lo que decía de un pueblo llamado Bunyoro, en África, donde en otros tiempos se ejercía la costumbre de elegir anualmente un soberano para que cohabitase con las viudas del monarca anterior. El infeliz reinaba por una semana y, al final de ésta, era estrangulado en su templo –tumba. La joven contaba cada curiosidad, hablaba de una u otra historia, y yo sentía que su mirada me traspasaba, que no era a mí a quien tenía al frente. A pesar de su reparo en no desmerecer mis respuestas y referencias insulsas, estaba seguro de que yo podía ser cualquiera. (…) Me consolé con la idea de que era un ser ingenuo y hermoso, brillante y alocado, alguien con probables carencias afectivas. Cometí la tontería de pensar que tal vez con el tiempo y arrastrándola al terreno del amor físico podría convencerla de que yo de alguna manera valía.
Oscar Marcano, Festival, en Cuartel de Invierno (1994), Caracas: Fundarte / Alcaldía de Caracas.
jueves, 14 de abril de 2011
lunes, 7 de marzo de 2011
El Dolor
El dolor se había apoderado tanto de mi ser, se había instalado de tal manera en el rincón más profundo de mi alma, que cuando un buen día decidí echarlo para afuera, alejarlo de una vez por todas de mí, SACARLO definitivamente de mi cuerpo, de mi mente y de mi espíritu...
Me dio cosita con él (con el dolor), sentí penita por él (por el dolor)... CÓNCHALE! Al fin y al cabo él había formado parte de mí durante tanto tiempo que se convirtió en mi mejor confidente y fiel compañero en años. Ahora verle de pronto allí, cabizbajo, de capa caída, con la mirada baja, ausente y perdida, sin poder reconocerme, sin poder aceptar que estaba derrotado, que esta vez había perdido y no podía irremediablemente hacer nada para cambiar las cosas, para que fueran como antes, para que yo volviera sumisa e ingenua a creer nuevamente en él (el dolor), a entregármele en cuerpo y alma, a permitirle que ocupara y se adueñara de todos los espacios y rincones de mi ser. Y es esto lo que pasa cuando sobreprotegemos y consentimos tanto a nuestro dolor, que se vuelve pedante y prepotente, jactancioso y altanero él. También es cierto que cuando el dolor se sabe llevar bien, es decir con cierta altura y dignidad puede ser considerado como un dolor noble, lo que lo hace orgulloso y en mi caso particular, egocéntrico. Mi dolor llegó a cobrar tal independencia y autonomía que muchas veces actuaba solo, por su cuenta, sin contar con mi permiso y consentimiento. Se volvió también un dolor seductor, a veces no sé si lo que atraía a las personas y les hacía querer disfrutar de mi compañía era yo misma o mi dolor.
Pero llego el día en que aquel dolor que fuera mi máximo escudo y fortaleza, se convirtió en un dolor inútil, ridículo, inocuo, falso, incapaz, se había muerto. El dolor se había solidificado y enquistado de tal forma dentro de mí, que ya no existía vivo sino como una pesada roca que no hacía otra cosa sino aplastarme y asfixiarme con su peso y volumen. Además, se resistía a ser compartido, con lo cual perdía toda oportunidad de ser redimido. Mi dolor se había convertido en un estorbo. Entonces, no tuve más remedio que EXPULSARLO de mí, y lo hice estallar como una bomba. Entonces el dolor salió por todos mis orificios, en forma de lágrimas, moco, saliva, diarrea, vómito, también a través de mis dedos que arrojaban objetos que se estallaban contra el piso y se hacían añicos. Pero la manera más efectiva que encontré para mantener a raya a mi dolor, y poder estar a salvo de él, fue gracias a las PALABRAS que salían de mi boca y de la tinta de mi bolígrafo.
Me dio cosita con él (con el dolor), sentí penita por él (por el dolor)... CÓNCHALE! Al fin y al cabo él había formado parte de mí durante tanto tiempo que se convirtió en mi mejor confidente y fiel compañero en años. Ahora verle de pronto allí, cabizbajo, de capa caída, con la mirada baja, ausente y perdida, sin poder reconocerme, sin poder aceptar que estaba derrotado, que esta vez había perdido y no podía irremediablemente hacer nada para cambiar las cosas, para que fueran como antes, para que yo volviera sumisa e ingenua a creer nuevamente en él (el dolor), a entregármele en cuerpo y alma, a permitirle que ocupara y se adueñara de todos los espacios y rincones de mi ser. Y es esto lo que pasa cuando sobreprotegemos y consentimos tanto a nuestro dolor, que se vuelve pedante y prepotente, jactancioso y altanero él. También es cierto que cuando el dolor se sabe llevar bien, es decir con cierta altura y dignidad puede ser considerado como un dolor noble, lo que lo hace orgulloso y en mi caso particular, egocéntrico. Mi dolor llegó a cobrar tal independencia y autonomía que muchas veces actuaba solo, por su cuenta, sin contar con mi permiso y consentimiento. Se volvió también un dolor seductor, a veces no sé si lo que atraía a las personas y les hacía querer disfrutar de mi compañía era yo misma o mi dolor.
Pero llego el día en que aquel dolor que fuera mi máximo escudo y fortaleza, se convirtió en un dolor inútil, ridículo, inocuo, falso, incapaz, se había muerto. El dolor se había solidificado y enquistado de tal forma dentro de mí, que ya no existía vivo sino como una pesada roca que no hacía otra cosa sino aplastarme y asfixiarme con su peso y volumen. Además, se resistía a ser compartido, con lo cual perdía toda oportunidad de ser redimido. Mi dolor se había convertido en un estorbo. Entonces, no tuve más remedio que EXPULSARLO de mí, y lo hice estallar como una bomba. Entonces el dolor salió por todos mis orificios, en forma de lágrimas, moco, saliva, diarrea, vómito, también a través de mis dedos que arrojaban objetos que se estallaban contra el piso y se hacían añicos. Pero la manera más efectiva que encontré para mantener a raya a mi dolor, y poder estar a salvo de él, fue gracias a las PALABRAS que salían de mi boca y de la tinta de mi bolígrafo.
lunes, 20 de diciembre de 2010
Día libre en Turmero
Doy una vuelta por el centro de Turmero, alrededor de la iglesia. Sus calles son muy angostas. Ha llovido y el agua se ha empozado entre el borde de la acera y el asfalto envejecido y desgastado como con mil años a cuestas. Las casas también se ven envejecidas, mostrando señales y rastros de una naturaleza implacable, como el sol del mediodía de por estas tierras. Así, es la luz caribeña, una luz intensamente blanca que hiere y traspasa los párpados y enceguece ... dulce martirio.
En mi Caribe me reencuentro con mi propia candela, adormecida por tanto invierno vigatà. Aunque también en el Caribe he vivido muchos crudos inviernos de miedo, soledad y desesperación.
Pero esta noche cálida de Turmero, siento que el olor de mi larga y salvaje cabellera, es capaz de cruzar todo el océano Atlántico, y alborotar el alma de mi amante pagés que duerme muy cerca de Los Pirineos.
En mi Caribe me reencuentro con mi propia candela, adormecida por tanto invierno vigatà. Aunque también en el Caribe he vivido muchos crudos inviernos de miedo, soledad y desesperación.
Pero esta noche cálida de Turmero, siento que el olor de mi larga y salvaje cabellera, es capaz de cruzar todo el océano Atlántico, y alborotar el alma de mi amante pagés que duerme muy cerca de Los Pirineos.
miércoles, 22 de septiembre de 2010
Elba, la incongruente
Hoy es lunes 26 de julio de 2010 y estoy loca. Sentada en los bancos que están en la entrada de la Facultad de Humanidades de la misma universidad que hoy día luce tan deteriorada como hace dieciocho años atrás.
Mi incongruencia y yo, es algo que me acompaña desde hace… ya no recuerdo.
Soy Elba en busca de un contexto ¿Dónde está mi espacio? ¿Dónde está mi tiempo?
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