Doy una vuelta por el centro de Turmero, alrededor de la iglesia. Sus calles son muy angostas. Ha llovido y el agua se ha empozado entre el borde de la acera y el asfalto envejecido y desgastado como con mil años a cuestas. Las casas también se ven envejecidas, mostrando señales y rastros de una naturaleza implacable, como el sol del mediodía de por estas tierras. Así, es la luz caribeña, una luz intensamente blanca que hiere y traspasa los párpados y enceguece ... dulce martirio.
En mi Caribe me reencuentro con mi propia candela, adormecida por tanto invierno vigatà. Aunque también en el Caribe he vivido muchos crudos inviernos de miedo, soledad y desesperación.
Pero esta noche cálida de Turmero, siento que el olor de mi larga y salvaje cabellera, es capaz de cruzar todo el océano Atlántico, y alborotar el alma de mi amante pagés que duerme muy cerca de Los Pirineos.
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