Cuando Vaquita llegó al manantial encantado, no podía creer lo que veían sus ojos, las flores multicolores bailaban con la punta de sus tallos, los árboles cantaban dulces melodías, las alas de las mariposas proyectaban luces de colores y las abejitas desprendían al paso de su vuelo, brillantes y doradas luces. Todo un espectáculo visual y sonoro pudieron contemplar los ojos de Vaquita, quien lo primero que hizo fue lavarse la cara y beber un poco del agua cristalina, para luego, acto seguido, sumergir su pequeño y diminuto cuerpo en el agua de aquel arroyo, lo único que sobresalía fuera del agua eran sus pequeños cachitos.
Pero pasaron los minutos y hasta las horas en el manantial mágico, y Vaquita seguía igual de pequeñita, seguía intacta, hermosa y maravillosa como realmente era esta Vaquita Mágica. Y fue así como Vaquita rompió en llanto, un llanto que le salía de lo más profundo de su corazón, porque Vaquita sólo quería crecer para poder ofrecer mayor cantidad de su leche mágica a su familia y a toda la gente del pueblo.
Jirafa, quien había seguido a Vaquita hasta el Manantial Mágico y también había tomado agua del manantial, pudo contemplar muy claramente y con nuevos ojos a su pequeña amiga, entonces, se conmovió y compadeció de ella, al verla tan triste y desconsolada. -¿Qué te pasa amiga? ¿Cuál es la causa de tu dolor y tu tristeza? dijo Jirafa-. Vaquita le contó las razones de su malestar a Jirafa, y Elefante, quien se había tomado la botella de leche mágica y había perdido el miedo a la montaña y también había llegado hasta el manantial, escucho el relato de Vaquita y se le acercó y le dijo:-No llores más Vaquita, no tienes razón para sentirte triste, porque tú eres el orgullo de todos en la granja y el pueblo, tú eres muy valiosa e importante así tan pequeñita como eres, porque ¡¡Tú eres la Vaquita Mágica!!


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