martes, 8 de noviembre de 2016

ESPERANZA

Es el año 1995, amanece en un barrio pobre de la parroquia El Valle, de la ciudad de Caracas. El sol ilumina las casitas humildes (hechas con ladrillos rojos y techos de zinc). En lo más alto del cerro hay una escuela. En la cocina de la casa de la niña Esperanza, está su abuela Pilar, cocinando y preparando el desayuno. La abuela Pilar, va colocando las arepas que ha amasado con sus propias manos sobre el budare, donde se van asando y cocinando las arepas. También hay varias ollas sobre el fuego de las hornillas de la cocina de gas. Las ollas contienen agua hirviendo donde se cocinan unas ZANAHORIAS, papas y HUEVOS. Hay una olla pequeñita que solo contiene agua en ebullición, que nos muestra sus burbujas y el vapor que desprende, al lado vemos un colador de CAFÉ tradicional de tela, que contiene granos de CAFÉ molido. La habitación de la Esperanza, es un rincón muy especial del mundo, donde todo puede pasar con un poco de imaginación. En las paredes de la habitación hay varios dibujos y pinturas infantiles de la Esperanza, donde se había dibujado y retratado a sí misma junto a su mamá Dulce María y su abuela Pilar. También hay varios diplomas y medallas en reconocimiento a su rendimiento académico y talento artístico. La pequeña y humilde cama de la niña Esperanza está muy creativa y bellamente decorada con muñecas de trapo (entre ellas una “pionerita cubana” negra de trapo) y tiernos peluches de perritos y gatitos. Sobre la mesita de noche hay una linda muñeca rusa y al lado de ésta un portarretratos con una fotografía donde aparece el padre y la madre de la Esperanza junto a ella cuando ésta era tan solo una pequeña de cuatro años de edad (1989). La niña Esperanza peina su larga, ondulada y frondosa cabellera negra recién lavada, frente al espejo que hay en su habitación. Sentada en un rincón no muy lejano de la pequeña mesa de la cocina, está Dulce María, la mamá de Esperanza, que luce muy enferma y deteriorada físicamente, Dulce María está recostada a la pared sentada en una silla, tiene la cabeza inclinada hacia atrás y la nuca reclinada a la pared. Dulce María, tiene encima del rostro una mascarilla de plástico, a través de la cual respira con dificultad, y que está conectada a un aparato (nebulizador). Parece que a Dulce María, el dolor le ha “ablandado” y debilitado mucho. Por el contrario, su madre, la abuela Pilar, luce muy fuerte y dura. Existe un tipo de personas a quienes el dolor y la adversidad no les ablanda como pasa con las zanahorias que siendo duras crudas, se ablandan al ser cocinadas en agua hirviendo, a estas personas tampoco el dolor les endurece como pasa con el huevo que de ser líquido por dentro pasa a estado sólido al ser hervido, estas personas son llamadas por la psicología social como resilientes, que viene de la palabra RESILIENCIA, que significa la transformación positiva de la adversidad (Jazmín Sambrano). La niña Esperanza, nació con esta capacidad que tenemos las personas de transformar el dolor y la adversidad, en algo bueno y creativo. Ella vino a este mundo a contagiarlo todo con su magia y belleza interior. Siempre con una buena cara y sonrisa en los labios, feliz, contenta y agradecida con el espectáculo que contempla (el milagro de vivir). Tal parece que la Esperanza, es como el grano de CAFÉ, que ante la adversidad que supone el agua hirviendo, es capaz de ofrecer su mejor aroma y sabor: -¡Buenos días abuelita!- Saluda la niña Esperanza a su abuela y seguidamente abraza a su madre.
La abuela cuela el café a la manera tradicional venezolana. Luego de desayunar con su abuela y su mamá en la pequeña mesa de madera de la cocina, Esperanza se marcha para la escuela que queda en el mismo barrio.