martes, 24 de abril de 2012

Rana Verde a Pecesita Azul:

Porque septiembre es el mes de la muerte o por una razón que tendrá que ver con Newton, las bicicletas o la química orgánica, usted y yo hemos estado, rana verde a pecesita azul, inquiriéndonos, buscándonos, persiguiéndonos afanosamente en el decurso de las reencarnaciones. Correspondimos a esta irrevocable sentencia desde el Big Bang, cuando la inmensa voladura nos dispersó a velocidades improcesables para luego aglutinarnos en átomos primigenios, sumarnos al polvo de los elementos, amalgamarnos y resumirnos en el largo y amoroso juego de las transmutaciones. No hemos cejado un solo instante en este mutuo acoso olisqueándonos, intuyéndonos, acortando la distancia que nos separaba en la autopista del tiempo o sobre espacios que nunca alcanzamos a comprender pero que dimos por obvios o familiares, porque lo que obcecadamente intentamos fue encontrarnos, unirnos por fin en cualquiera de nuestras muchas transmigraciones. Sabíamos que tendríamos una sola oportunidad. Por ello ascendimos penosamente por la larga hélice de la creación, desde la unicelularidad hasta los más complejos organismos. Pasamos por trilobites, protozoos, por definitivamente todos los organismos microscópicos. Fuimos flora repentina, follaje cuántico, algas ciegas, líquenes, esporas. Fuimos después semilla y bosque abrupto. En calidad de embrión llegamos a insectos y quizás nos reconociéramos en algún montículo arcilloso o calcáreo, acarreando, en fila india, capullos para la cena. No resulta improbable que en nuestro tránsito por una comunidad de abejas, alguna vez se hubiensen rozado nuestras antenas. Fuimos ( y continuamos siendo) peces, y no hubo charca donde no nadásemos, mar o río donde no retozásemos, pero siempre separados, solicitándonos, husmeándonos y hasta seleccionándonos, errando por milímetros o por kilómetros. Por segundos, por años o por dioptrías. Fuésemos lo que fuésemos solíamos nacer por marzo y morir por septiembre. Cada vez nos intuíamos más el uno al otro y teníamos la certeza de que coincidiríamos en cualquier rescoldo de la materia, en la más inusitada especie. Nuestra tarea era amarnos y nuestro amor crecía con cada muerte así como con cada nacimiento. Una inaudita seguridad reponía la esperanza del encuentro, pero nunca sospechamos que el recorrido fuese tan extenso. No estaba en nosotros llegar a humanos para concretar el designio de nuestro acoplamiento, pero sucedería.

Fragmento de "Rana Verde a Pecesita Azul" de Oscar Marcano en Cuartel de Invierno (1994), Caracas, FUNDARTE. Alcaldía de Caracas.