El dolor se había apoderado tanto de mi ser, se había instalado de tal manera en el rincón más profundo de mi alma, que cuando un buen día decidí echarlo para afuera, alejarlo de una vez por todas de mí, SACARLO definitivamente de mi cuerpo, de mi mente y de mi espíritu...
Me dio cosita con él (con el dolor), sentí penita por él (por el dolor)... CÓNCHALE! Al fin y al cabo él había formado parte de mí durante tanto tiempo que se convirtió en mi mejor confidente y fiel compañero en años. Ahora verle de pronto allí, cabizbajo, de capa caída, con la mirada baja, ausente y perdida, sin poder reconocerme, sin poder aceptar que estaba derrotado, que esta vez había perdido y no podía irremediablemente hacer nada para cambiar las cosas, para que fueran como antes, para que yo volviera sumisa e ingenua a creer nuevamente en él (el dolor), a entregármele en cuerpo y alma, a permitirle que ocupara y se adueñara de todos los espacios y rincones de mi ser. Y es esto lo que pasa cuando sobreprotegemos y consentimos tanto a nuestro dolor, que se vuelve pedante y prepotente, jactancioso y altanero él. También es cierto que cuando el dolor se sabe llevar bien, es decir con cierta altura y dignidad puede ser considerado como un dolor noble, lo que lo hace orgulloso y en mi caso particular, egocéntrico. Mi dolor llegó a cobrar tal independencia y autonomía que muchas veces actuaba solo, por su cuenta, sin contar con mi permiso y consentimiento. Se volvió también un dolor seductor, a veces no sé si lo que atraía a las personas y les hacía querer disfrutar de mi compañía era yo misma o mi dolor.
Pero llego el día en que aquel dolor que fuera mi máximo escudo y fortaleza, se convirtió en un dolor inútil, ridículo, inocuo, falso, incapaz, se había muerto. El dolor se había solidificado y enquistado de tal forma dentro de mí, que ya no existía vivo sino como una pesada roca que no hacía otra cosa sino aplastarme y asfixiarme con su peso y volumen. Además, se resistía a ser compartido, con lo cual perdía toda oportunidad de ser redimido. Mi dolor se había convertido en un estorbo. Entonces, no tuve más remedio que EXPULSARLO de mí, y lo hice estallar como una bomba. Entonces el dolor salió por todos mis orificios, en forma de lágrimas, moco, saliva, diarrea, vómito, también a través de mis dedos que arrojaban objetos que se estallaban contra el piso y se hacían añicos. Pero la manera más efectiva que encontré para mantener a raya a mi dolor, y poder estar a salvo de él, fue gracias a las PALABRAS que salían de mi boca y de la tinta de mi bolígrafo.